Una parte importante de nuestra inteligencia no consiste en añadir conexiones, sino eliminar las que ya no sirven.

Cuando pensamos en aprender, imaginamos un cerebro que acumula. Acumula conocimientos, recuerdos, idiomas, experiencias, nombres y habilidades. Creemos que cuanto más llena está esa biblioteca invisible que llevamos dentro de la cabeza, más inteligentes nos volvemos. Sin embargo, la neurociencia lleva años desmontando esa idea. Una parte importante de nuestra inteligencia no consiste en añadir conexiones. Consiste en eliminar las que ya no sirven.

Puede parecer una contradicción, pero es exactamente lo que hace nuestro cerebro desde que nacemos. Y quizá, sin saberlo, encierre una de las lecciones más profundas que la biología puede enseñarnos sobre la vida. Para entender este proceso conviene detenernos un momento en una palabra poco conocida: sinapsis

Las neuronas, las células que forman nuestro cerebro, no suelen tocarse directamente entre sí. Entre una y otra existe un espacio diminuto, microscópico, que funciona como un puente de comunicación. Ese lugar donde una neurona envía un mensaje y la siguiente lo recibe se llama sinapsis. Podemos imaginar una inmensa red de carreteras. Las neuronas serían las ciudades y las sinapsis las carreteras que las conectan. Gracias a ellas circulan los pensamientos, los recuerdos, las emociones, los movimientos y todo aquello que nos convierte en quienes somos.

Durante la infancia ocurre algo extraordinario. Nuestro cerebro construye millones y millones de esas conexiones. Muchas más de las que llegará a utilizar a lo largo de toda la vida. Es un cerebro exuberante, lleno de posibilidades, preparado para aprender cualquier idioma, cualquier habilidad y casi cualquier forma de entender el mundo. Y entonces sucede algo fascinante. En lugar de seguir construyendo carreteras indefinidamente, el cerebro empieza a cerrar algunas de ellas. No porque se esté deteriorando. Precisamente porque quiere funcionar mejor.

Los científicos llaman a este proceso poda sináptica. La palabra «poda» no es casual. Es exactamente lo que hace un jardinero con un árbol. No corta las ramas para dañarlo.Las corta para que crezca con más fuerza. Nuestro cerebro hace lo mismo. Las conexiones que utilizamos con frecuencia se fortalecen. Las que permanecen inactivas se debilitan y terminan desapareciendo poco a poco. El resultado es un cerebro más rápido, más eficiente y que consume menos energía.

Me parece una idea extraordinaria. Vivimos en una sociedad obsesionada con añadir. Más información. Más objetos. Más reuniones. Más compromisos. Más aplicaciones en el teléfono. Más ropa en el armario. Más cosas en la agenda. Y, sin embargo, la naturaleza parece susurrarnos exactamente lo contrario.

Para funcionar mejor, primero hay que aprender a quitar

Hay otra imagen que quizá explique todavía mejor este proceso. Imaginemos un bosque atravesado por cientos de pequeños senderos. Los caminos que recorremos todos los días permanecen limpios y cada vez resultan más fáciles de seguir. Los que dejamos de utilizar terminan cubiertos por la vegetación hasta desaparecer. Nuestro cerebro funciona de una manera sorprendentemente parecida. Los pensamientos, las habilidades y los hábitos que repetimos una y otra vez se convierten en auténticas autopistas neuronales. Los que abandonamos se van borrando lentamente. El cerebro no lo hace por crueldad. Lo hace por eficiencia.

Como traumatólogo observo un fenómeno parecido en la consulta. Hay pacientes que piensan que recuperarse consiste únicamente en añadir tratamientos. Una pastilla más, otra prueba diagnóstica, una infiltración o una nueva técnica. La realidad suele ser más sencilla. Muchas veces la recuperación empieza cuando eliminamos aquello que está perjudicando a la articulación: el exceso de peso, el sedentarismo, la pérdida de fuerza muscular o determinados hábitos mantenidos durante años.

No siempre hace falta hacer más. A veces basta con dejar de hacer aquello que nos estaba dañando. La vida tampoco es muy diferente. Con los años acumulamos preocupaciones que ya no tienen sentido, culpas que nunca resolveremos, discusiones que siguen ocupando espacio en nuestra cabeza mucho después de haber terminado y opiniones de personas que probablemente ya ni siquiera recuerdan lo que dijeron. Vamos llenando nuestra mente igual que quien llena un trastero convencido de que algún día todo aquello volverá a ser útil.

Pero llega un momento en el que apenas queda espacio para respirar. Quizá por eso me fascina tanto la poda sináptica. Porque demuestra que incluso el órgano más complejo del universo ha entendido algo que a nosotros todavía nos cuesta aceptar. No todo merece quedarse. Existe, además, otra enseñanza maravillosa. Las conexiones que sobreviven son precisamente aquellas que más utilizamos.

 

El cerebro fortalece aquello que repetimos. Por eso un pianista toca sin pensar dónde colocar cada dedo. Por eso un corredor encuentra automáticamente su ritmo. Por eso un cirujano realiza gestos de enorme precisión después de miles de intervenciones. La repetición convierte el esfuerzo en naturaleza. Pero esa misma regla funciona también en sentido contrario. Si repetimos el pesimismo, nuestro cerebro se vuelve extraordinariamente eficiente siendo pesimista.

Si alimentamos continuamente el miedo, termina encontrando miedo donde antes solo había incertidumbre. Si entrenamos la curiosidad, la gratitud o el deseo de aprender, esas redes neuronales también se fortalecen. En cierto modo, todos estamos esculpiendo nuestro cerebro cada día. No solo con lo que aprendemos. También con aquello que decidimos repetir.

Hay una frase del escultor Miguel Ángel que siempre me ha parecido fascinante. Decía que la escultura ya estaba dentro del bloque de mármol y que su trabajo consistía únicamente en retirar todo lo que sobraba. La poda sináptica hace exactamente eso. No crea un cerebro nuevo. Descubre el mejor cerebro posible eliminando aquello que ya no resulta necesario.

Quizá nuestra vida también funcione así. Tal vez no necesitemos añadir tantas cosas para ser más felices. Quizá baste con retirar algunas. Menos ruido. Menos prisa. Menos miedo. Menos comparaciones. Menos necesidad de demostrar constantemente quiénes somos. Porque, igual que un árbol necesita ser podado para crecer con fuerza, nosotros también necesitamos desprendernos de aquello que ya no alimenta nuestra vida.

Una idea para quedarse.

La neurociencia nos recuerda que un cerebro sano no es el que más acumula. Es el que mejor elige. El que conserva las conexiones importantes y deja marchar las que ya no aportan nada. Quizá esa sea una de las lecciones más hermosas que la biología puede ofrecernos. Que crecer no siempre significa añadir. A veces significa tener el valor de podar. Porque, al final, nuestro cerebro acaba pareciéndose a los caminos que decidimos recorrer cada día.