Emil Zátopek comenzó casi por accidente y cuando descubrió que podía correr quiso averiguar hasta dónde podía llegar.

Hay algo profundamente humano en no saber de lo que somos capaces. Vivimos tomando decisiones sobre nosotros mismos basándonos en lo que creemos conocer. Decimos «esto no se me da bien», «yo no valgo para eso», «no tengo talento», «ya es demasiado tarde» o, quizá la frase que más oportunidades nos roba, «eso no es para mí». Y muchas veces ni siquiera nos hemos dado la oportunidad de comprobarlo. Emil Zátopek tampoco sabía que podía correr.

En realidad, al principio ni siquiera quería hacerlo. Tenía alrededor de diecinueve años y trabajaba como aprendiz en la fábrica de calzado Baťa, en Zlín, en la antigua Checoslovaquia. Un día, el entrenador deportivo de la fábrica señaló a varios jóvenes y les dijo que tenían que participar en una carrera. Zátopek protestó. Dijo que no estaba en condiciones, que no se encontraba bien, que no era corredor. Incluso intentó librarse de aquella carrera. Pero terminó en la línea de salida

Había alrededor de un centenar de participantes. Y aquel muchacho que no quería correr terminó segundo. Lo interesante no es que quedara segundo. Lo verdaderamente importante es lo que ocurrió después. Aquella carrera le permitió descubrir algo que hasta entonces desconocía: quizá tenía una capacidad que nunca había imaginado. A partir de ese momento empezó a entrenar, a experimentar con su propio cuerpo y a tomarse el atletismo en serio. Apenas unos años después ya estaba batiendo récords nacionales.

A veces la vida funciona así. No descubrimos nuestras capacidades antes de empezar. Las descubrimos porque empezamos. Y esta historia me parece mucho más importante que una historia sobre atletismo. Porque todos tenemos zonas de nosotros mismos que permanecen sin explorar. Hay personas que nunca sabrán si podían haber sido buenos músicos porque nunca aprendieron a tocar un instrumento. O si podían haber disfrutado corriendo porque nunca se pusieron unas zapatillas. O si tenían talento para escribir, enseñar, emprender, pintar, viajar, aprender un idioma o comenzar cualquier cosa que alguna vez les pasó por la cabeza.

Oro en los Juegos Olímpicos de Londres

No necesariamente porque no tuvieran capacidad. Simplemente porque tuvieron miedo de comprobarlo. Zátopek, en cambio, comenzó casi por accidente. Y cuando descubrió que podía correr, no se conformó con saberlo. Quiso averiguar hasta dónde podía llegar. Ahí empieza la segunda parte de su historia. En los Juegos Olímpicos de Londres de 1948 ganó el oro en los 10.000 metros y la plata en los 5.000. Cuatro años después, en Helsinki, ocurrió algo que todavía parece más propio de una novela que de una competición deportiva.

Zátopek ganó los 10.000 metros. Después ganó los 5.000. Y entonces decidió correr el maratón. El problema era que nunca había corrido uno. Era su primer maratón olímpico y, de hecho, su primer maratón. Mientras los demás conocían la distancia, sabían cómo administrar el esfuerzo y tenían experiencia en aquella prueba, Zátopek se enfrentaba a un territorio completamente desconocido. Aun así, terminó ganándolo. En aquellos Juegos consiguió el oro en 5.000, 10.000 y maratón, una triple corona olímpica que sigue siendo única en la historia del atletismo.

Pero hay un momento de aquella maratón que resume perfectamente quién era Zátopek. El británico Jim Peters era el gran favorito. Había establecido poco antes el mejor tiempo mundial y tenía una experiencia que el checo no poseía. Zátopek corría a su lado cuando, alrededor del kilómetro 20, decidió preguntarle algo que hoy parece casi ingenuo: quería saber si el ritmo al que iban era suficientemente bueno. Peters, que ya empezaba a acusar el esfuerzo, intentó confundirlo y le respondió que iban demasiado despacio.

Zátopek se lo tomó en serio. Aceleró. Y dejó atrás al favorito. Peters terminó abandonando y Zátopek ganó el maratón con más de dos minutos y medio de ventaja sobre el argentino Reinaldo Gorno. Hay algo casi poético en aquella escena. El hombre que nunca había corrido un maratón preguntando a uno de los mejores especialistas del mundo si el ritmo era suficientemente rápido. Y cuando le dijeron que no, decidió correr todavía más deprisa.

Pero quizá lo más interesante no sea la anécdota. Lo verdaderamente interesante es que Zátopek había aprendido algo mucho antes, aquella primera vez que terminó segundo en una carrera que ni siquiera quería disputar: la única manera de descubrir nuestros límites es acercarnos a ellos. Y eso casi siempre implica incomodidad.

No existe adaptación sin cierta dificultad. El músculo necesita una carga que lo obligue a adaptarse. El sistema cardiovascular mejora cuando le pedimos algo más de lo que conoce. El cerebro aprende cuando sale de sus caminos habituales. Incluso emocionalmente crecemos cuando nos enfrentamos a situaciones que no dominamos. La comodidad tiene una función importante: nos permite recuperar, descansar y conservar lo que ya hemos construido. Pero si permanecemos siempre dentro de ella, difícilmente sabremos qué hay al otro lado. Progresar significa aceptar cierta incomodidad.

No hablo de buscar sufrimiento gratuitamente ni de convertir el esfuerzo en una religión. Hablo de esa incomodidad inevitable que aparece cuando hacemos algo que todavía no sabemos hacer. Cuando empezamos a correr y nos cuesta respirar. Cuando levantamos un peso que antes no podíamos mover. Cuando nos ponemos delante de una clase por primera vez. Cuando emprendemos un proyecto sin tener garantías de que funcionará. Cuando volvemos a estudiar a una edad en la que pensamos que ya no estamos para esas cosas.

La dificultad no siempre significa que nos estamos equivocando. A veces significa exactamente lo contrario. Significa que estamos aprendiendo. Quizá una de las mayores trampas de nuestra vida adulta sea exigirnos saber de antemano si vamos a ser buenos en algo antes de atrevernos a intentarlo. Queremos garantías. Queremos saber que funcionará, que tendremos talento, que no haremos el ridículo, que no perderemos tiempo.

Pero nadie puede ofrecernos esas garantías. Zátopek no sabía que podía correr cuando se colocó por primera vez en aquella línea de salida. No sabía que acabaría siendo campeón olímpico. No sabía que algún día correría un maratón. Y mucho menos podía imaginar que terminaría ganándolo. Lo descubrió después. Primero tuvo que empezar. Tal vez eso sea lo que más me interesa de su historia. No que fuera extraordinariamente fuerte, sino que estuvo dispuesto a averiguar quién podía llegar a ser.

Porque quizá nosotros también tenemos capacidades que todavía desconocemos. No necesariamente para ganar una medalla olímpica, por supuesto, sino para convertirnos en una versión de nosotros mismos que todavía no hemos conocido. Tal vez alguien que hoy piensa que no puede correr cinco kilómetros podría descubrir dentro de unos meses que puede correr diez. Alguien que cree que no tiene edad para aprender algo nuevo podría descubrir que precisamente ahora tiene la paciencia que antes le faltaba. Alguien que lleva años diciendo «yo no valgo para eso» podría descubrir que simplemente nunca había tenido el valor de empezar.

La vida está llena de talentos dormidos. Y algunos no necesitan más talento. Necesitan una oportunidad. Emil Zátopek recibió aquella oportunidad casi a la fuerza. Una carrera a la que no quería acudir cambió el rumbo de su vida. Y quizá esa sea la parte más hermosa de su historia: aquel joven que pensaba que no era corredor tuvo que correr para descubrir que lo era. A veces esperamos sentirnos preparados para empezar. Pero quizá la preparación llegue después de haber empezado.

Quizá primero tengamos que entrar en la pista, aceptar que no sabemos, soportar la incomodidad de los primeros pasos y permitirnos ser malos durante un tiempo. Porque nadie aprende a hacer algo nuevo siendo bueno desde el primer día. Primero viene la incertidumbre. Después llega la adaptación. Y, algunas veces, aparece algo que no sabíamos que estaba ahí.

Por eso, cuando la próxima vez pensemos que algo «no es para nosotros», quizá deberíamos recordar a aquel joven de una fábrica de zapatos de Zlín que intentó no correr una carrera y terminó segundo entre cien participantes. Aquel día todavía no era un campeón. Ni siquiera sabía que podía ser corredor. Simplemente empezó. Y quizá ahí esté una de las grandes lecciones que nos dejó la locomotora humana: no siempre necesitamos conocer nuestro potencial para atrevernos a explorarlo. A veces tenemos que dar el primer paso para descubrirlo.

Una idea para quedarse

Hay capacidades que permanecen ocultas no porque no las tengamos, sino porque nunca nos hemos atrevido a ponerlas a prueba.

Emil Zátopek no sabía que podía correr una maratón. Tuvo que correrla para descubrirlo.

Y quizá nosotros también deberíamos preguntarnos, alguna vez, qué parte de nosotros mismos estamos dejando sin conocer por miedo a intentarlo.