Es totalmente opuesto al efecto placebo, demostrando que una expectativa negativa también puede perjudicarnos
Hace unos días, una paciente, Liria Gallo, me hizo una pregunta al terminar la consulta. —Doctor, ¿alguna vez ha escrito sobre el efecto nocebo? Confieso que la pregunta me sorprendió. Hemos hablado en esta columna de músculos, articulaciones, longevidad, maratones o envejecimiento. Sin embargo, nunca había dedicado un artículo a uno de los fenómenos más fascinantes y, al mismo tiempo, más desconocidos de la medicina.
Mientras ella salía de la consulta seguí pensando en aquella conversación. Y comprendí que el efecto nocebo no es algo excepcional. Está presente todos los días. En las consultas, en los hospitales, en internet, en las conversaciones entre familiares e incluso en nuestra forma de hablarnos a nosotros mismos
Todos conocemos el efecto placebo
Un paciente toma una pastilla sin principio activo creyendo que es un medicamento eficaz y, sorprendentemente, mejora. El dolor disminuye, la ansiedad se reduce y, en ocasiones, incluso cambian algunos parámetros fisiológicos medibles. Durante años se pensó que aquello era casi un truco de la mente. Hoy sabemos que no. El efecto placebo es real. La ciencia ha demostrado que una expectativa positiva puede activar circuitos cerebrales relacionados con el alivio del dolor, liberar endorfinas, modificar la actividad de determinados neurotransmisores y mejorar la percepción de los síntomas.
Pero existe otro fenómeno mucho menos conocido y probablemente igual de poderoso. Se llama efecto nocebo. Y representa la otra cara de la misma moneda. Si el placebo demuestra que una expectativa positiva puede ayudarnos, el nocebo demuestra que una expectativa negativa también puede perjudicarnos. No significa que la enfermedad sea imaginaria. Significa que el cerebro puede amplificar el sufrimiento cuando espera que algo vaya mal.
La consulta empieza mucho antes de la exploración
Como traumatólogo, cada vez estoy más convencido de que una consulta médica no comienza cuando exploramos una rodilla o revisamos una resonancia. Empieza con las primeras palabras. «Doctor, me han dicho que tengo la espalda destrozada.» «Me dijeron que mi rodilla está hecha polvo.» «El médico anterior me aseguró que esto ya no tiene solución.» En ese instante ocurre algo muy importante. El paciente ya ha construido una historia sobre su enfermedad. Y esa historia condicionará la forma en que interpreta el dolor, cómo afronta el tratamiento y, muchas veces, cómo evolucionará. Las palabras tienen una capacidad enorme para modelar nuestras expectativas. Y las expectativas influyen en nuestra biología.
El cerebro siempre intenta adelantarse al futuro
Nuestro cerebro funciona como un extraordinario sistema de predicción. Está continuamente preguntándose qué va a ocurrir a continuación. Si espera una experiencia agradable, prepara al organismo para ella. Si espera una amenaza, activa mecanismos de protección. Aumenta la vigilancia. Incrementa la sensibilidad. Hace que prestemos mucha más atención a cualquier molestia. Desde un punto de vista evolutivo tiene todo el sentido.
Nuestros antepasados que anticipaban el peligro tenían más posibilidades de sobrevivir. El problema aparece cuando esa capacidad de anticipación trabaja en nuestra contra. Imaginemos dos consultas distintas. En la primera, el médico dice: —Su resonancia muestra cambios propios de la edad. Son muy frecuentes. Vamos a trabajar para que vuelva a caminar sin dolor y recupere su calidad de vida.
En la segunda, otro profesional comenta: —Tiene la rodilla muy desgastada. Está fatal. Lo normal es que cada año vaya peor. La resonancia es exactamente la misma. La lesión también. Lo único que cambia son las palabras. Sin embargo, el efecto sobre el paciente puede ser completamente diferente. Uno sale de la consulta pensando que tiene margen de mejora. El otro sale convencido de que su futuro está escrito. Y esa diferencia puede modificar su comportamiento durante meses o incluso años.
Mª Dolores tras su cirugía de mano
El peso de un diagnóstico
Los médicos tenemos la obligación de informar con honestidad. Ocultar la realidad nunca es una buena medicina. Pero existe una enorme diferencia entre informar y condenar. Entre explicar un riesgo y hacer creer a una persona que ese riesgo es inevitable. Porque el paciente no escucha nuestras palabras como si fueran datos estadísticos. Las incorpora a su propia historia. Las convierte en expectativas. Y esas expectativas condicionan decisiones muy importantes.
Caminar o dejar de caminar. Hacer ejercicio o abandonar. Confiar en el tratamiento o rendirse antes de empezar. Uno de los experimentos más llamativos sobre el efecto nocebo consiste en administrar un placebo mientras se informa a los participantes de los posibles efectos secundarios. Sorprendentemente, muchas personas comienzan a experimentar exactamente esos síntomas. Dolor de cabeza. Náuseas. Mareo. Picor. No están fingiendo. No están imaginando. Su cerebro ha construido una expectativa suficientemente intensa como para modificar la percepción corporal. Es una demostración extraordinaria del poder que tienen nuestras creencias sobre el funcionamiento del organismo.
Internet también puede convertirse en un nocebo
Vivimos en una época en la que un diagnóstico suele ir acompañado de una búsqueda inmediata en internet. En pocos minutos encontramos foros, vídeos, testimonios y experiencias, muchas veces protagonizados por quienes han tenido las peores evoluciones. El problema es que el cerebro presta mucha más atención a las historias negativas que a las positivas. Es un mecanismo de supervivencia. Pero también una fuente constante de ansiedad.
No pocas veces llegan pacientes a la consulta mucho más preocupados por lo que han leído que por la lesión que realmente presentan. Afortunadamente, la biología funciona en ambas direcciones. Cuando un paciente entiende lo que le ocurre, confía en el tratamiento y participa activamente en su recuperación, suele implicarse mucho más. Hace mejor la rehabilitación. Se mueve con menos miedo. Recupera antes la confianza. No porque el optimismo cure una rotura muscular o regenere un cartílago. Sino porque modifica conductas que sí influyen directamente en la recuperación. Como médico, he visto pacientes con lesiones muy similares evolucionar de forma completamente distinta. Y muchas veces la diferencia no estaba únicamente en el tratamiento. Estaba en la actitud con la que afrontaban el proceso.
La medicina también se practica con palabras
Con los años he llegado a una conclusión que no aprendí en los libros de Medicina. Las infiltraciones ayudan. La cirugía ayuda. Los medicamentos ayudan. Pero las palabras también forman parte del tratamiento. Cada explicación. Cada diagnóstico. Cada conversación. Puede aliviar. Puede generar confianza. Puede motivar. O puede sembrar un miedo que acompañe al paciente durante mucho tiempo. Quizá por eso la buena medicina no consiste únicamente en saber mucho. Consiste también en saber comunicar. En elegir las palabras con el mismo cuidado con el que elegimos un tratamiento. Porque una frase desafortunada puede permanecer años en la memoria de un paciente. Y una frase adecuada puede convertirse en el primer paso de su recuperación.
Una idea para quedarse
Aquella pregunta de Liria Gallo terminó convirtiéndose en este artículo. Y quizá también en un recordatorio para todos los que nos dedicamos a cuidar de otras personas. Todos conocemos el poder de un medicamento. Muchos menos conocemos el poder de una expectativa. El efecto placebo nos recuerda que la esperanza puede activar mecanismos sorprendentes en nuestro organismo. El efecto nocebo nos enseña que el miedo también puede hacerlo.


