Por qué algunas articulaciones envejecen demasiado deprisa… y qué podemos hacer para frenar el viaje.

 

Hace unos días, al terminar una consulta, un paciente me hizo una pregunta que escucho con frecuencia: “Doctor, ¿la artrosis siempre empeora?”. Mi respuesta fue un “sí” tajante. El paciente bajó la mirada, como quien acaba de recibir una mala noticia, pero antes de que pudiera decir nada más, añadí otra frase: “Lo que no sabemos es a qué velocidad va a viajar”.

Porque la artrosis se parece mucho a un viaje. Todas las articulaciones envejecen. Igual que aparecen las canas, las arrugas o perdemos algo de vista con los años, el cartílago también cambia con el paso del tiempo. Eso forma parte de la vida. La diferencia está en la velocidad

Hay artrosis que avanzan despacio, como quien recorre una carretera secundaria disfrutando del paisaje. Y otras que parecen viajar en avión. En pocos años el dolor aumenta, la movilidad disminuye y la calidad de vida se deteriora de forma llamativa. La gran pregunta es evidente: ¿Por qué ocurre?

Durante mucho tiempo se pensó que la artrosis era simplemente consecuencia de la edad. Hoy sabemos que no. La edad influye. La genética también, aunque no cuentan toda la historia. Como ocurre con muchas enfermedades, heredamos una predisposición, pero nuestros hábitos pueden acelerar… o frenar… el viaje.

El primer motor del avión: el exceso de peso

Imaginemos una maleta. No es lo mismo recorrer un aeropuerto con diez kilos que con treinta. Nuestras rodillas viven exactamente esa situación. Cada kilo de más multiplica la carga que soportan al caminar, subir escaleras o levantarse de una silla. No hablamos únicamente de mecánica.

El tejido graso también produce sustancias inflamatorias que favorecen el deterioro articular. Por eso perder peso no solo descarga la articulación. También reduce la inflamación que acelera la enfermedad. Es, probablemente, una de las intervenciones más eficaces que existen.

El segundo motor: dejar de moverse

Existe una frase que escucho con frecuencia: “Doctor, como tengo artrosis, intento moverme lo menos posible”. Y siempre respondo lo mismo. Precisamente porque tiene artrosis debe aprender a moverse mejor, no a moverse menos. El cartílago no posee vasos sanguíneos propios. Se nutre gracias al movimiento.

Cada paso actúa como una pequeña bomba que favorece el intercambio de nutrientes dentro de la articulación. Cuando dejamos de movernos, esa nutrición disminuye. El músculo pierde fuerza. La articulación se vuelve menos estable. Y el círculo vicioso comienza. Duele porque nos movemos menos. Y nos movemos menos porque duele.

El tercer motor: perder músculo

Si tuviera que elegir un medicamento para casi todos mis pacientes con artrosis, probablemente no sería una pastilla. Sería un programa de fuerza. Los músculos son los grandes protectores de nuestras articulaciones. Un cuádriceps fuerte descarga la rodilla. Una buena musculatura glútea protege la cadera. Un hombro entrenado estabiliza la articulación y disminuye muchas molestias.

Con los años perdemos masa muscular de forma natural. La buena noticia es que esa pérdida puede frenarse. Y, en buena medida, recuperarse. Nunca es tarde para empezar a fortalecer nuestros músculos.

El cuarto motor: el sedentarismo

Pasamos demasiadas horas sentados. Trabajamos sentados. Comemos sentados. Conducimos sentados. Descansamos sentados. Nuestro cuerpo, diseñado para moverse, pasa gran parte del día inmóvil.

No hace falta convertirse en un atleta. Basta con caminar. Levantarse cada cierto tiempo. Subir escaleras. Buscar oportunidades para moverse. Las articulaciones agradecen mucho más la constancia que los esfuerzos heroicos de un solo día.

El quinto motor: esperar demasiado

Otro error frecuente consiste en asumir que el dolor forma parte inevitable de la edad. Muchas personas dejan pasar meses o incluso años antes de consultar. Mientras tanto abandonan actividades, reducen su movilidad y pierden fuerza. Cuando finalmente acuden a la consulta, la artrosis ha avanzado… pero también lo ha hecho el deterioro físico asociado a la inactividad.

Hoy disponemos de muchas herramientas para aliviar síntomas y mejorar la función: rehabilitación, ejercicio terapéutico, control del peso o infiltraciones cuando están indicadas, ya sean de ácido hialurónico, plasma o corticoides. Y, cuando realmente es necesario, cirugía protésica con excelentes resultados. El objetivo no consiste únicamente en aliviar el dolor, sino en mantener a la persona activa el mayor tiempo posible.

Cómo poner el freno a la artrosis

Si existen motores que aceleran el viaje, también existen frenos: mantener un peso saludable, entrenar la fuerza dos o tres veces por semana, caminar con regularidad, dormir bie, controlar enfermedades como la diabetes o el síndrome metabólico, seguir una alimentación equilibrada y consultar antes de que el dolor limite nuestra vida.

Ninguna de estas medidas promete milagros, pero juntas pueden cambiar la velocidad de evolución de la enfermedad.

El mejor tratamiento sigue siendo el movimiento

Como traumatólogo, una de las mayores satisfacciones no solo es colocar una prótesis de rodilla y que salga bien, sino también conseguir que un paciente no llegue a necesitarla durante muchos años. Porque una prótesis puede devolver calidad de vida cuando la artrosis está muy avanzada.

Pero retrasar esa cirugía gracias a unos buenos hábitos es una victoria aún mayor. Cada paseo. Cada sesión de fuerza. Cada kilo perdido. Cada día que elegimos movernos en lugar de quedarnos en el sofá… Es una inversión directa en nuestras articulaciones.

Una idea para quedarse

La artrosis forma parte del envejecimiento. No podemos evitar completamente que aparezca. Pero sí podemos influir en la velocidad con la que avanza. La genética pone parte del mapa. Nuestros hábitos deciden gran parte del recorrido.

Quizá nunca consigamos que la artrosis se detenga por completo.

Pero sí podemos impedir que viaje en avión.

Y eso, aunque a veces no lo parezca, está mucho más en nuestras manos de lo que imaginamos.