El deporte tiene un poder que ninguna otra actividad posee, ya que es capaz de recordarnos que seguimos formando parte de una misma historia.
Dentro de unas horas, España jugará una final del Mundial. Millones de personas estarán pendientes del mismo balón, del mismo reloj y del mismo sueño. Los bares se llenarán, las plazas volverán a sacar pantallas gigantes y muchas familias se reunirán frente al televisor como si celebraran una tradición que nunca ha dejado de existir. Y entonces sucederá algo extraordinario.
Durante noventa minutos dejaremos de preguntarnos a quién vota el vecino, cuánto gana el compañero de trabajo o qué piensa quien se sienta frente a nosotros. Durante noventa minutos importarán muy poco las diferencias que llenan las conversaciones de cada día. Solo habrá una esperanza compartida: que ese balón termine cruzando la línea de gol
Vivimos en una sociedad que parece haber convertido el desacuerdo en una forma de vida. Discutimos por política, por economía, por educación, por redes sociales, por generaciones, incluso por asuntos que hace unos años apenas merecían una conversación. A veces da la impresión de que hemos olvidado que es posible pensar distinto sin dejar de sentirnos parte del mismo lugar.
Y, sin embargo, basta un partido para que ocurra algo que parecía imposible. Llevamos la camiseta de la selección nacional, ondeamos orgullosos la bandera y la mostramos en balcones, terrazas e incluso por la calle. Durante unas horas volvemos a reconocernos. No porque desaparezcan nuestras diferencias, sino porque aparece algo más fuerte que ellas. El sentimiento de pertenencia.
Quizá por eso el deporte tiene un poder que ninguna otra actividad posee. No mueve únicamente músculos ni despierta emociones. Es capaz de recordarnos que seguimos formando parte de una misma historia. Muchos piensan que el éxito del fútbol consiste en ganar títulos. Yo creo que su verdadero éxito es otro mucho más profundo: conseguir que millones de personas respiren al mismo tiempo.
Porque eso es exactamente lo que ocurre en una final. Contenemos la respiración ante un penalti. Saltamos del sofá con un gol. Nos abrazamos con desconocidos. Celebramos con personas a las que jamás volveremos a ver. Y durante unos segundos nadie pregunta de dónde vienes, cuánto dinero tienes o qué piensas sobre los grandes debates del país. Solo existe una camiseta.
Quizá algunos piensen que es una exageración otorgar tanta importancia a un deporte, pero el ser humano lleva miles de años necesitando héroes. Antes fueron Aquiles y Ulises. Después llegaron el Cid, los exploradores, los científicos, los grandes artistas y otros deportistas. Hoy, durante unas semanas, esos héroes llevan botas de fútbol, escuchan un himno antes del partido y soportan sobre sus hombros la ilusión de millones de personas.
No porque sean perfectos ni porque sean mejores que nosotros, sino porque representan aquello que todos admiramos. El esfuerzo. La disciplina. La capacidad de levantarse después de una derrota. El sacrificio silencioso que nadie ve cuando las cámaras están apagadas. Nos emocionamos con ellos porque, en el fondo, nos recuerdan quiénes podríamos llegar a ser.
Cuando un jugador sigue corriendo en el minuto ciento veinte, sentimos que nosotros también podemos resistir un poco más en nuestras propias dificultades. Cuando otro falla un penalti y tiene el valor de volver a pedir el siguiente, comprendemos que el fracaso no define a una persona. Cuando un equipo deja el ego a un lado para trabajar por un objetivo común descubrimos una lección que sirve exactamente igual para una familia, una empresa, un quirófano o cualquier grupo humano.
Tal vez por eso los niños no imitan únicamente los goles. Imitan la celebración. La forma de levantarse. La manera de abrazar a un compañero. Porque los héroes no enseñan únicamente a ganar. Enseñan, sobre todo, una forma de comportarse. Quizá los héroes no existen para recordarnos que ellos pueden hacer cosas extraordinarias. Existen para recordarnos que nosotros también somos capaces de hacer grandes cosas, en nuestro día a día.
Como traumatólogo he aprendido que el cuerpo humano posee una extraordinaria capacidad para recuperarse cuando todas sus estructuras trabajan coordinadas. Un músculo aislado tiene fuerza limitada. Pero cuando tendones, ligamentos, huesos y músculos actúan con armonía, somos capaces de caminar, correr, saltar y superar esfuerzos que parecerían imposibles.
Las sociedades funcionan de una manera muy parecida. Ningún país avanza cuando cada uno tira en una dirección distinta. Avanza cuando, al menos durante un instante, es capaz de recordar que existen objetivos compartidos. Quizá por eso una final del Mundial emociona incluso a quienes apenas siguen el fútbol el resto del año. No estamos viendo únicamente un partido. Estamos contemplando una metáfora. La de un grupo de personas que dejan a un lado el protagonismo individual para perseguir un sueño colectivo. Por eso nuestra selección triunfa. El colectivo frente al individuo.
Y esa sigue siendo una de las lecciones más valiosas que existen. Es verdad que el lunes volverán las discusiones. Regresarán las tertulias. Las diferencias políticas. Las preocupaciones cotidianas. Cada uno volverá a su vida. Pero algo habrá ocurrido durante esos noventa minutos. Habremos recordado que seguimos siendo capaces de emocionarnos por las mismas cosas.
Que todavía sabemos abrazar a un desconocido cuando compartimos una alegría. Que aún podemos cantar el mismo himno sin preguntarnos qué piensa quien está a nuestro lado. En un tiempo en el que tantas voces insisten en señalar lo que nos separa, quizá convenga detenerse un instante a valorar aquello que todavía nos une. Y eso vale mucho más que un trofeo.
