Probablemente lo que ocurría es que vivían de una forma que obligaba a su cuerpo a mantenerse fuerte.
Hay una escena que se repite en la memoria de muchas personas. Un abuelo de más de setenta años cargando sacos en el campo. Una abuela inclinada durante horas trabajando en una huerta. Hombres y mujeres que caminaban kilómetros sin darle importancia, que subían y bajaban escaleras cargados con bolsas o que realizaban trabajos físicos que hoy nos parecerían agotadores. Entonces surge inevitablemente la comparación.
¿Cómo es posible que aquellas personas parecieran tan resistentes? ¿Por qué muchos de nuestros abuelos daban la impresión de ser más fuertes que algunas personas veinte o treinta años más jóvenes en la actualidad? La respuesta es fascinante porque nos obliga a reflexionar sobre cómo hemos cambiado nuestra forma de vivir. Y la realidad es que probablemente nuestros abuelos no eran más fuertes por naturaleza. Lo que ocurría es que vivían de una forma que obligaba a su cuerpo a mantenerse fuerte
Una vida en movimiento
Durante miles de años, el movimiento formó parte inseparable de la vida cotidiana. No existían gimnasios. No había entrenadores personales. Nadie hablaba de entrenamiento funcional ni de ejercicio terapéutico. Simplemente había que moverse. Se caminaba para ir a trabajar, para hacer recados, para visitar a familiares o para realizar cualquier actividad cotidiana. Se cargaban pesos, se realizaban tareas manuales y el esfuerzo físico era una parte normal de la existencia.
Hoy la situación es completamente distinta. Tenemos automóviles, ascensores, escaleras mecánicas, compras a domicilio y una tecnología extraordinaria que nos permite realizar muchas tareas sin levantarnos de una silla. Son avances maravillosos que han mejorado nuestra calidad de vida. Sin embargo, también han reducido drásticamente la cantidad de movimiento que realizamos cada día. Y el cuerpo humano lo nota.
Existe una ley biológica muy sencilla que explica gran parte de este fenómeno. El cuerpo se adapta a aquello que hace de forma habitual. Si utilizamos nuestros músculos, estos se fortalecen. Si sometemos a los huesos a cargas regulares, aumentan su resistencia. Si caminamos con frecuencia, mejoramos nuestra capacidad cardiovascular. Pero también ocurre lo contrario.
Cuando dejamos de utilizar una función, el organismo interpreta que ya no es necesaria y comienza a reducirla. Desde el punto de vista evolutivo tiene sentido. Mantener músculo consume energía. Mantener capacidad física requiere recursos. Si el cuerpo considera que algo ya no se utiliza, tiende a ahorrar. Por eso la pérdida de fuerza asociada al envejecimiento no depende únicamente de la edad. Depende también del uso que hacemos de nuestro organismo.
La revolución del confort
Quizá nunca en la historia de la humanidad hemos vivido con tanta comodidad como ahora. Y, paradójicamente, esa comodidad puede convertirse en un problema cuando elimina por completo los estímulos físicos cotidianos. Nuestros abuelos no entrenaban para mantenerse activos. La propia vida les obligaba a estar activos. La diferencia es importante.
Hoy muchas personas pasan gran parte del día sentadas. Trabajan sentadas, se desplazan sentadas y descansan sentadas. Después intentan compensar esa falta de movimiento con una hora de ejercicio varias veces por semana. Es mejor que nada, por supuesto. Pero sigue siendo muy diferente de una vida físicamente activa de forma constante. La naturaleza no diseñó al ser humano para moverse una hora al día. Lo diseñó para moverse durante todo el día.
Como traumatólogo, hay algo que observo cada vez con más frecuencia. Muchos pacientes creen que determinados problemas son consecuencia inevitable de la edad. Asumen que perder fuerza, cansarse más o tener dificultades para realizar ciertas actividades es simplemente parte del envejecimiento. Sin embargo, cuando analizamos la situación con detalle, descubrimos que en muchos casos el verdadero problema no es la edad.
Es la pérdida de masa muscular. La medicina moderna está empezando a comprender que el músculo es mucho más importante de lo que pensábamos. No es solo una estructura destinada a mover las articulaciones. Es un órgano con una enorme influencia sobre la salud general. Una buena masa muscular se asocia con menor riesgo de caídas, menor fragilidad, mejor recuperación tras enfermedades, mayor autonomía y una mejor calidad de vida. Por eso algunos especialistas consideran que el músculo será uno de los grandes indicadores de salud de las próximas décadas.
Más años, pero no siempre más capacidad
Existe una paradoja interesante. Vivimos más tiempo que nuestros abuelos. Disponemos de mejores tratamientos, mejores hospitales y un conocimiento médico incomparablemente superior. Sin embargo, muchas personas llegan a los sesenta años con una capacidad física inferior a la que tenían generaciones anteriores a esa misma edad. No porque estén más enfermas, sino porque han vivido en un entorno que exige mucho menos movimiento.
Es una diferencia fundamental. La capacidad física no desaparece únicamente por cumplir años. También desaparece cuando dejamos de utilizarla. Quizá cuando recordamos a nuestros abuelos no estamos hablando solo de fuerza. Lo que realmente admiramos es otra cosa. Admiramos su funcionalidad. Su capacidad para desenvolverse. Su autonomía. Su resistencia ante tareas que hoy nos parecen exigentes. Aquellas personas podían realizar esfuerzos que hoy consideraríamos entrenamiento porque para ellas formaban parte de la vida cotidiana. Y eso les proporcionaba una reserva física extraordinaria.
La lección que deberíamos aprender
Sería un error idealizar el pasado. Nuestros abuelos también sufrían enfermedades, lesiones y limitaciones. La medicina actual ha mejorado enormemente nuestras posibilidades de vivir más y mejor. Pero sí hay una enseñanza valiosa que podemos rescatar. El cuerpo humano necesita ser utilizado. Necesita caminar, necesita levantar peso, necesita agacharse, necesita subir escaleras. Necesita enfrentarse a pequeños desafíos físicos de forma regular. Cuando dejamos de hacerlo, perdemos capacidades que creemos que la edad nos ha quitado, cuando en realidad muchas veces las hemos abandonado nosotros mismos.
Una idea para quedarse
Probablemente nuestros abuelos no pertenecían a una generación más fuerte desde el punto de vista biológico. La diferencia es que vivían en un mundo que les obligaba a utilizar continuamente su cuerpo. Y el organismo respondió como siempre responde: adaptándose. Quizá la pregunta correcta no sea por qué ellos parecían más fuertes. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos es otra.

