• Ludovico Einaudi y Eliud Kipchoge transmiten serenidad y magia, emoción que hacen vibrar. Extraen emociones del cerebro y las devuelven multiplicadas.

El otro día me hacían una pregunta curiosa: «¿con qué personaje conocido/famoso te tomarías un café?». En estos tiempos tan raros donde hay políticos tramposos, gente matándose y muriendo por las ideas de otros, famosos con mentes vacías y sin ningún poso del que aprender nada, la sociedad aparentemente perdida y sin rumbo, no tardé mucho en contestar: “hay dos personas con las que charlaría largo y tendido sin mirar el reloj: mi compositor favorito, Ludovico Einaudi, y mi deportista preferido, Eliud Kipchoge.

Ambos son de aspecto aparentemente frágil, pero es engañoso. Mirada viva que esconde talento a espuertas, una energía que desborda cualquier apariencia, una gracilidad natural en sus gestos; uno cuando toca el piano y otro, al correr. Son dos actividades aparentemente antagónicas en la forma, pero en las que se puede ver la propia naturaleza de las personas: sacrificio, dedicación ytalento natural. Las manos del pianista y las piernas del corredor, moviéndose al ritmo marcado en ese momento, como si formaran parte de una coreografía ensayada durante días, semanas, años.

El italiano tiene 66 años y el keniata, 37. Gente veterana, madura, pero que han alcanzado la cima en lo suyo. Los dos son capaces de transmitir serenidad a la vez que magia; emoción a la vez que te hacen vibrar. Extraen las emociones de tu cerebro, les dan brillo, las pulen y te las devuelven multiplicadas. Me encantaría saber qué hay dentro de esas mentes tan privilegiadas, tan de otro tiempo, tan puras y maravillosas, capaces de gestas deportivas y musicales.

Ludovico Einaudi con el Dr. Rios Luna y su hija Paloma

 

Otra cosa que tienen ambos en común es su puesta en escena en soledad. Aunque el pianista en sus conciertos rodeado de un violín o un chelo, y el corredor con sus liebres que le ayudan a mantener el ritmo, pero en el fondo, ambos son los que reciben todas las miradas y generan la expectación, sólo, en el escenario tocando Flora o recorriendo los últimos kilómetros de la maratón de Berlín, sabedor que va a entrar en la historia del atletismo mundial al batir del récord del mundo.

KIPCHOGE HA CONSEGUIDO UNO DE LOS LOGROS MÁS IMPORTANTES DE LA HISTORIA DEL DEPORTE

Sin embargo y centrándonos en el keniata, lo que ha logrado Eliud Kipchoge ha sido, en mi opinión, otro de los logros más importantes en la historia del deporte y en algo aparentemente sencillo como es correr.

Gracias a Ludovico, he comenzado a tocar el piano (soy muy malo, pero tengo la cabeza dura como un adoquín). Gracias a Eliud, estoy motivado para seguir corriendo al amanecer. No hay disciplina deportiva tan sacrificada como el maratón. Un campeonísimo como Lance Armstrong (si no fuera por todo lo que había tomado) lo dijo: «He ganado siete Tours de Francia, he hecho cientos de miles de kilómetros de puertos, pero nunca he tenido los dolores musculares y de piernas mientras entrenaba para la maratón de Nueva York».

Maratón

Es una palabra mágica, con aire de misticismo, de heroicidad. Detrás de esas siete letras se esconden las ilusiones, los sacrificios, el sufrimiento y la alegría de miles de personas que decidieron ponerse las zapatillas y desafiar a la fisiología humana corriendo los 42 kilómetros 195 metros de los que consta una maratón. Una vez que se cruza la línea de meta, no importa lo rápido o lento que haya sido, nada volverá a ser lo mismo.La cantidad de adrenalina que inunda los músculos, las neuronas, las articulaciones, es difícil que se pueda conseguir en otra situación como la que se obtiene en la salida o llegada de una maratón.

En el caso de los atletas africanos, el ser buen corredor implica la diferencia entre permanecer en la miseria o salir de ella. De hecho, Kipchoge, el menor de cuatro hermanos creció sin padre y fue educado por su madre, que era profesora. Vendía la leche del ganado de sus vecinos para poder ayudar en casa y en los ratos libres, corría: «Cuando corro me siento bien, mi mente se siente bien. Puedo dormir con la conciencia tranquila y libre. Disfruto del don que Dios me ha dado». También tiene un truco para cuando las piernas comienzan a fallar debido al esfuerzo: sonreír. «Si tengo dolor o sufro, sonrío y lo hago pensando en la meta o en el don que Dios me ha dado. De esta manera, el cansancio se esfuma».

Reconozco que me he emocionado mucho viendo los últimos metros. Kipchoge, fresco como una lechuga, como si hubiera salido a dar un paseo, animaba con sus brazos a los sosos aficionados berlineses que observaban la gesta. Todo eso después de darse la paliza del siglo. Cuando uno es corredor, sabe perfectamente los sacrificios que hay que hacer, la constancia en el esfuerzo, renunciar a muchas cosas y mantener la motivación meses y meses.

Para un tipo como Kipchoge no ha sido un problema. Ese cuerpo y esa mente serán dignas de estudio. Días antes de la prueba, el keniata afirmaba que quería demostrar al mundo que nada es imposible, que se puede acometer cualquier reto que una persona se proponga, sólo hay que buscarle un sitio en la mente y automáticamente habrá un sitio en la vida.

Kipchoge ha ido a la Luna y ha vuelto y nos ha traído un récord para la historia, una marca que será difícil batir, pero que nos confirma que la voluntad y las ganas es lo que se necesita para tener éxito en lo que uno se proponga.

Ludovico y Eliud, dos genios adelantados a su tiempo. Dos personas muy distintas pero que no te dejan indiferente y que también tienen sus correspondientes odiadores. Que si uno sólo hace música de anuncios o de bandas sonoras (el de la Lotería de Navidad o la película Intocable). El otro que gracias al doping tecnológico de las zapatillas ha podido batir el récord.

No pierdo la esperanza y quien sabe si en unos años, con más canas o menos pelo coincida con alguno de ellos en un aeropuerto, una maratón o donde la providencia proponga. Y usted, ¿con quién se tomaría un café?