Uno puede dejar de entrenar duro, pero no deja de ser corredor y nunca se deja de ser maratoniano.

En diciembre del año pasado crucé la meta en Málaga. Fue la cuarta maratón del año. Cuatro veces 42 kilómetros. Cuatro veces esa frontera invisible donde el cuerpo y la voluntad negocian en voz baja. Terminé entero, sí. Pero algo dentro de mí susurró con claridad: “Estate quieto ya, hombre”. No fue un derrumbe. Fue un cansancio hondo. De esos que no se sienten solo en los músculos, sino en el deseo y la voluntad.

Llegaron las vacaciones de Navidad con su desorden amable: comidas largas, horarios elásticos y conversaciones sin reloj. Entre celebración y celebración, mi cuerpo dejó de querer madrugar. No quería el frío de la mañana. No quería la disciplina férrea del plan. No quería sufrir. Y, además, no quería hacerlo solo. Con tu compañero de entrenos lesionado, todo es más duro, más cuesta arriba. El frío es más frío, la oscuridad del amanecer más cerrada

Después vino la gripe, pero no sé en qué letra del abecedario enmarcarla, si la A, la B o yo qué sé. Una de esas gripes que no solo ocupan el pecho, sino también la voluntad. Durante días me sentí más lejos de la línea de salida que nunca. No tenía hambre de dorsal. No había épica. Solo una sensación de arrastre. Y, sin embargo, algo permanecía. No era ambición. Era identidad. Uno puede dejar de entrenar duro, pero no deja de ser corredor, nunca se deja de ser maratoniano.

Poco a poco regresé. Sin objetivos. Sin métricas. Sin negociar segundos. Salidas cortas. Respiraciones largas. Rodajes sin reloj. Volver a sentir el contacto del pie con el asfalto como quien vuelve a tocar una vieja melodía. No para perfeccionarla. Solo para recordarla. Nada de series agónicas a oscuras por Roquetas. Nada de pelear contra el frío o la lluvia. Cambié el asfalto por la cinta. Los madrugones por los atardeceres.

La forma no era brillante. La base era justa. Pero la reconciliación estaba en marcha. Y así llegué a Sevilla. No llegué afilado. No llegué con hambre de marca. Llegué con una decisión íntima: correr sin exigirme nada. Hacer de la maratón un entrenamiento con dorsal. Dejar el cronómetro en segundo plano. Convertir el esfuerzo en celebración. Ya lo había hablado con mi amigo Roberto Iglesias y mi corredor-compañero Frasko, sería un entrenamiento con dorsal.

En la salida miré a mi alrededor. Miles de cuerpos tensos. Rostros concentrados. Miradas que mezclaban miedo y deseo. Y sentí una emoción inesperada: gratitud por estar allí. Porque uno no siempre es consciente de lo que significa poder correr. Poder respirar profundo. Poder sentir el pulso acelerarse sin dolor. Poder colocarse un dorsal mientras otros no pueden. No por falta de ganas, sino por falta de convicción, por mala suerte o por malas decisiones.

Ese instante previo al disparo fue casi sagrado. No pedí nada. Solo di gracias. El día amaneció perfecto. Sevilla se ofrecía limpia, luminosa, sin viento, sin calor, sin excusas. Una ciudad extendida como un abrazo amplio. El tipo de mañana que invita a avanzar. El que no corra aquí, es que no sabe. Salí sin mirar el reloj. Y seguí sin mirarlo.

Dejé que el ritmo encontrara su cauce natural. Sin forzar. Sin retener. Escuchando. El asfalto tenía un sonido constante, casi hipnótico. La respiración se acomodó. Las piernas respondían sin quejarse. No eran explosivas, pero eran leales. En el kilómetro diez no había ansiedad. En el veinte no había cuentas pendientes. En el veinticinco seguía habiendo calma. Algo había cambiado. Al renunciar a la obsesión por el tiempo, había recuperado espacio interior.

La maratón dejaba de ser examen y volvía a ser experiencia. Pasado el treinta, ese territorio donde siempre aparece la verdad, no sentí la presión habitual. No había que defender nada. No había que demostrar nada. Solo había que seguir. Y seguí. Cada kilómetro era una conversación suave entre lo que soy y lo que puedo. No corría desde el ego. Corría desde el permiso, desde la ilusión, desde la emoción.

La maratón no siempre es una batalla

Hubo momentos en que el ruido se apagó. El público, los pasos, los gritos, todo se volvió fondo. Solo quedaba el latido y el ritmo. En esos instantes comprendí que estaba exactamente donde quería estar. No más rápido. No más fuerte. No más joven. Simplemente presente. La recta final llegó sin dramatismo. Sin la épica de otras veces. Sin esa lucha feroz contra el cronómetro. Llegó con serenidad. Crucé la meta en 3 horas, 19 minutos y algo más. La cifra quedó registrada, sí. Pero lo que realmente guardo no cabe en un cronómetro.

Guardo la imagen de la salida, mirando a mi alrededor y dando gracias. Guardo la sensación de que el cuerpo respondía sin reproches. Guardo la certeza de que puedo seguir corriendo, que debo seguir corriendo. Sevilla me recordó que la maratón no siempre es una batalla. A veces es un regreso. Regreso al cuerpo cuando lo escuchas en lugar de imponerle.

Regreso a la mente cuando dejas de exigirle heroicidades. Regreso al origen, a esa primera vez que corriste sin pensar en marcas, sin obsesión por el ritmo, solo por el simple hecho de moverte, de estar saludable. Después de cuatro maratones en un año. Después del cansancio. Después de la gripe. Después de no querer madrugar ni pasar frío, de no querer sufrir.