El perfil de los negacionistas es muy característico: personas entre los 20 y 30 años que se creen invulnerables por la edad.

 

No es frecuente, pero cada vez conozco más casos de personas que han decidido no vacunarse. Las veo en mi consulta, o siempre llega algún caso curioso de los negacionistas de turno. El perfil es muy característico: personas entre los 20 y 30 años que se creen invulnerables por la edad y porque, según ellos, toman todas las medidas adecuadas como mascarilla o distancia. Sin embargo, y pongo un ejemplo de la ignorancia y el egoísmo de uno de ellos que he conocido recientemente.

Veintitantos años, trabajador en un gimnasio donde mantiene contacto estrecho con decenas de personas al día, de todo rango de edad, negacionista convencido y confiado en que su sistema inmune será capaz de soportar el ataque viral del COVID-19. Después de dejarlo por imposible intentando razonar con él, me entero que se ha vacunado. ¿Cuál será la razón del cambio de criterio? Quizás una responsabilidad social tardía, una entrada en razón por alguna causa familiar, su empresa le ha obligado a vacunarse al tener contacto con tantas personas…pues no. Se ha vacunado porque de otra forma NO PUEDE VIAJAR. En todos los sitios le exigen la PCR para volar y el pasaporte COVID para entrar en restaurantes o prácticamente cualquier lugar, por lo que se ha visto forzado a vacunarse, en este caso por puro y llano egoísmo.

Las administraciones están arrinconando a los no vacunados y eso genera un gran debate, en todo el mundo. Lo más sonado es Austria donde se ha obligado a guardar confinamiento a las personas que rehusan la vacuna ante las cifras alarmantes diarios de nuevos contagios. El cerco social a los no vacunados coincide con un repunte casi generalizado del número de contagios, un alza pronosticada ya por los expertos y que se atribuye tanto a la bajada de temperaturas durante el invierno como a la relajación de las medidas de protección (distancia física y mascarilla) a medida que se ralentizaba la propagación del virus.

En 2022 será obligatoria la vacunación en Austria cuyas tasas de vacunación son de las más bajas del viejo continente (64%), cercanas a las de Alemania con 67% y Grecia con 61%. La media europea ronda el 65% de la población. Francia e Italia han sido los países pioneros a la hora de regular las normas para exigir el certifcado COVID. La vacunación es obligatoria en muchas profesiones y se están imponiendo ya para poder disfrutar del ocio y vida social, de esta manera “se obliga” a pasar por el aro. Todo eso ha llevado a movilizaciones de los de siempre, protestando por esa supuesta falta de libertad y de lo que se ha llamado dictadura sanitaria. En Singapur lo tienen meridianamente claro: el paciente no vacunado que precise un ingreso hospitalario por COVD19, correrá con los gastos médicos. El estado se lava las manos.

Sí que es cierto que todos esos contagios no van acompañados de una curva de ingresos hospitalarios como en las anteriores olas y casi la mayoría de las personas que se encuentran ingresadas en las UCI son personas sin la pauta correspondiente.

Ayer sin ir más lejos, el CDC (Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos) autorizó la tercera dosis de recuerdo para toda la población mayor de 18 años, poniendo el acento sobre todo en los mayores de 50 años que hayan sido vacunados hace más de 6 meses. Las personas comprendidas entre 18 y 50 deberán recibir la dosis de recuerdo dependiendo de sus circunstancias especiales (enfermedades o patologías que puedan suponer un riesgo).

El debate está servido

¿Vacunación obligatoria? Hay varias vertientes que se deben tener en cuenta.

Desde el punto de vista legal, no se puede imponer una vacunación obligatoria en nuestro país. Para algo así debería realizarse un trámite realmente serio, una ley orgánica que deber ser aprobada por mayoría absoluta en Las Cortes. Tampoco ningún empresario puede imponer a un trabajador que se vacune.

Desde el punto de vista ético, la cosa cambia. Si mi conducta pone en peligro a los demás, no tengo derecho ni libertad para seguir con esa postura. Los no vacunados ponen en peligro a los que sí lo hemos hecho, por lo que es una conducta éticamente reprobable. Y lo es aún más si los no vacunados trabajan en el ámbito sanitario. Por suerte, los descerebrados que no se han vacunado suponen el 0.7% de todo el personal que trabaja en sanidad. En Estados Unidos, el presidente Biden firmó una ley federal para que en todas aquellas empresas de más de 100 trabajadores, la vacunación fuera obligatoria.

Sin embargo, la Corte Suprema rechazó esta posibilidad y la declaró antinconstitucional. El recurso contra esta ley fue realizado por 27 de los estados que componen la Unión y que no estaban de acuerdo con esa imposición. Sin embargo, a nivel del deporte profesional, los protocolos están muy claros. Todo el mundo debe vacunarse; si un deportista o parte de la organización decide no vacunarse, debe pasar test de control, ya sea PCR o test de antígenosprácticamente a diario. Pero hay otra particularidad, muchos estados no permiten la entrada de viajeros que no estén vacunados como es el caso de Nueva York o California, así que un jugador que un equipo que no se encuentre vacunado, no puede ir a competir a esos estados donde la vacunación es obligatoria.

Desde el punto de vista social, imponer algo puede llevar precisamente a la conducta contraria y provocar un rechazo frontal a esa imposición como parece que está ocurriendo en Europa o Estados Unidos.

La cuestión es compleja

En mi opinión, todo el personal sanitario debería estar vacunado y ser obligado a vacunarse. Cuidamos de las personas, ponen su vida en nuestras manos como para plantearnos dudas entorno a algo tan serio, y que seamos nosotros mismos una fuente de contagio que perjudique a los más débiles, los enfermos. Eso sería del todo imperdonable. Para el resto de la sociedad, en la ética y los valores de cada uno reside la respuesta a la pregunta.